Sólo promesas para soldado sirvió en Irak
SANTO DOMINGO. Al sargento del Ejército Nacional José Antonio Valdez Pérez sólo lo acompaña su estoica esperanza. Todo lo que tenía quedó bajo las piedras y el lodo cuando el pasado martes un alud, que provocó la muerte de ocho personas en Guachupita, sepultó su casa. Su único camino: las promesas de reubicación del Ayuntamiento. Su gran duda: que éstas se cumplan.
Y de promesas incumplidas este joven militar de 26 años tiene vasta experiencia. Hace cinco años formó parte del grupo de 300 soldados dominicanos enviados a Irak como parte de la brigada Plus Ultra, tras un acuerdo de cooperación entre el gobierno dominicano y el de Estados Unidos. En esa ocasión las promesas fueron muchas y ninguna, hasta el día de hoy, ha sido cumplida.
"Yo estuve en Irak en el dos mil tres, en el gobierno de Hipólito Mejía. Fue una experiencia muy prometedora como estas promesas de ahora, y a la vez fue muy degradante porque cuando vinimos de allá ninguna de las promesas que nos hicieron se cumplieron", asegura a DL.
Entre lo prometido en esa ocasión figuraba el pago de 100 dólares diarios mientras durara la misión, la entrega de un apartamento o una casa, ayuda alimenticia para las familias de los soldados y el ascenso de rangos. Asegura que todo lo convenido fue hecho bajo contrato.
Partió a Irak en septiembre del 2003. Afirma que unos días antes de irse, su madre, quien también residía en una de las cinco casas sepultadas por la avalancha, recibió una "gran compra de alimentos". Al mes siguiente sólo llegaron dos fundas a la casa. Luego, no llegó nada más.
Al regresar, seis meses después, fue ascendido al rango de sargento. Explica que al tener casi cuatro años como cabo le correspondía el ascenso. Su salario ronda, aseguró, por "los cuatro mil y pico de pesos".
"¿Reclamaron el cumplimiento de los contratos?" "No, porque los militares no podemos externar nuestras quejas por vía pública, a menos que sea un oficial encargado de eso", sostiene. Desde que regresó de Irak trabaja como seguridad en las Oficinas Gubernamentales, ubicadas frente al Palacio de la Presidencia.
Sin alternativas
José Antonio tiene 15 años viviendo en Guachupita. Su esposa, Luz Elena, estudia medicina en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y él, Ingeniería en Sistemas. No tienen hijos. "Gracias a Dios, porque en ese caso hubieran fallecido", dice aliviado.
La madrugada de la tragedia su esposa dormía en casa de su suegra. Él estaba de servicio. Se enteró de lo sucedido por una llamada a su celular de un vecino. Cuando llegó al lugar, cerca de las siete de la mañana, confiesa que la escena era peor que lo descrito por su amigo vía telefónica.
Ahora sólo le resta esperar. Sus exiguos recursos no le permiten tener "un plan de contingencia", asegura.
Dice que hasta el momento sólo cuenta con la promesa de reubicación hecha por el síndico del Distrito Nacional, Roberto Salcedo, que en caso de no cumplirse lo deja con una sola opción.
"Como yo no tengo más nada, lo que haría es buscar los escombros que están ahí de nuevo, y con ayuda de los que están aquí, de los vecinos que sé no se negaran, comenzaría a partir esa piedra que está ahí para volver a construir mi casa. No puedo ir a vivir a la calle".