Saudades - VIEJAS Y PEQUEÑAS IGLESIAS
Ligia Minaya
Escritora
Un grupo de investigadores ha descubierto que ver una imagen de la virgen cuando los problemas o la enfermedad nos agobia, ayuda. Quizás no era menester gastar tanto tiempo y dinero en investigar lo que está a simple vista. Mirar un paisaje, la puesta de sol, el amanecer, es un alivio. Vivimos tan apurados como para reparar en la limpia energía que emana del paisaje, e incluso, para los que creen, en la imagen de una virgen o en la belleza de una mujer del pueblo. Porque no me va a negar que haya imágenes de vírgenes que se parecen a Paris Hilton y otras tan inalcanzables, como esas con coronas de oro y diamantes y con esa carita que nada tiene que ver con una mujer de carne y hueso. Supongo que dejarse llevar por la placidez de una imagen, cualquiera que sea, quita hierro al estrés.
A mí me gustan las pequeñas y viejas iglesias. Silenciosas, en penumbras, solitarias. Pero eso de ver una virgen ¡que ya no existen vírgenes, caramba!, con esa mirada perdida, mirando no se sabe dónde, que nada tiene que ver con nosotras, las que trabajamos día a día, no me sienta para nada. Quizás la iglesia católica debería cambiar esas imágenes por otras más acorde con la realidad. Y entiendo que esas esculturas tienen su mérito por los años y por quien la construyó. Pero de ahí a que esa virgencita blanca, de boquita pintada, vestida como una reina, nos ampare y nos proteja, hay un abismo.
Mi formación de católica, educada por monjas salesianas, me lleva a las iglesias, pero a las pequeñas, silenciosas, donde ha quedado, después de la misa, del rosario, la energía limpia que han dejando los creyentes. Si bien es verdad que ya no voy a misa, ni confieso, ni comulgo, me encanta sentirme en contacto con eso que aprendí desde pequeña y no es otra cosa que poner mi cuerpo y mi espíritu en contacto conmigo misma. Y para eso, alguna vez voy a una iglesita, cuando todos se han ido, sin curas, ni cardenales, ni obispos, ni imágenes de santos, ni pastores, ni gente dando palmas, ni cánticos, ni güira, tambores y acordeón, que interfieran con el silencio. Y ahí, me entrego.
No creo en ese dios de barba blanca, en un cielo intocable, que castiga con tempestades y terremotos que siempre se llevan por delante a los más pobres. Hemos creado uno a imagen y semejanza nuestra, con todos nuestros egoísmos, ambiciones, resentimientos, rencores, maldades y defectos. Nos conviene un dios que esté de nuestro lado, pero si está del otro renegamos de él y hasta lo maldecimos.
Dicen que el Dios de Abraham era justo, inapelable, incorruptible y no había que hacerle promesas. Que Buda puso el énfasis en la liberación del sufrimiento. Que el cristianismo centró tres personas en una sola. Por ese camino, cada quien a lo suyo. Quizás sería mejor y menos conflictivo irse a una iglesia pequeña, silenciosa y hablar con el dios que llevamos dentro, sin intermediarios y sin una virgencita que nada tiene que ver con nosotros. Ahora bien, creer, sin hacer daño al prójimo, hace bien.
Sería mejor y menos conflictivo irse a una iglesia pequeña, silenciosa y hablar con el dios que llevamos dentro, sin intermediarios y sin una virgencita que nada tiene que ver con nosotros.
Denver, Colorado