La competencia no respeta tradición
LECTURAS A DECIR COSAS POR ANÍBAL DE CASTRO
El hábito no hace al monje y la mona, pese a vestirse de seda, de simio no pasará; aunque al viajero se le conozca por la maleta. Proverbios todos que admiten o rechazan la importancia de la apariencia, o dicho de otra manera, cuánto aporta la indumentaria en un mundo demasiado parecido a un baile de máscaras.
Sí que importa, y el hábito no hará al monje, pero a menudo abre puertas principales. Tanto, que hay un código de vestimenta para ocasiones importantes, formales o de negocios. El mundo de la moda es, en el fondo, una marca de diferenciación social, una manera no tan sutil de estratificarnos en base al estilo del vestido y no necesariamente de su calidad, aunque sí del diseñador.
El modo de vestir es también una extensión de la personalidad, y de ahí que el cuidado del aliño haya devenido en baremo social indiscutible. El buen paño y la buena costura van de las manos con el éxito personal. No siempre, concedido, pero con tanta frecuencia como para no pasarlo por alto.
Cuestión de estilo y también de comodidad y gusto. Moda y tejido son inseparables, con la ventaja de que este último apela a más sentidos y reconfirma la creatividad del diseño. La seda acaricia el tacto, y no a la inversa. Contadas sensaciones superan el placer que brota del tropiezo de la mano curiosa en sus exploraciones táctiles con una prenda de esa fibra proteínica tejida por unos insectos, y que protege por igual del frío como del calor, ambas temperaturas aplicables a las pasiones, con la misma fidelidad y presteza. Ignoro por qué sedar significa sosegar, apaciguar.
Una buena lana ayuda a conservar el calor, también a mejorar la figura una vez convertida, por ejemplo, en un traje de corte clásico, de esos que resisten el tiempo sin perder el buen arte que es en sí la alta costura. Aunque se le crea menos noble tal vez por su origen vegetal, el algodón ha alcanzado niveles de gran calidad gracias a las nuevas técnicas tanto industriales como de cultivo. Pero sin un buen sastre, los tejidos nunca cobrarán humanidad ni contagiarán de sobriedad, elegancia y gravedad la personalidad de quienes los lleven transformados en vestido. Vistiendo al cuerpo se realza el alma.
París y Milán serán los templos de la moda femenina; pero en el campo masculino, una calle de Londres, no muy lejos del celebrado Bond Street de donde Ian Fleming sacó el apellido para su héroe de la inteligencia británica, tiene una solera irrepetible en las demás capitales de Europa. Y del mundo, agregaría en un dejo de osadía. Savile Row. En unas pocas cuadras de esta vía del aristocrático barrio de Mayfair se concentra una tradición sartorial que monta siglos, reconocida urbi et orbe. Un traje hecho a la medida (bespoke suit en el inglés británico) en Savile Row es un epítome de buen gusto, de atención escrupulosa al detalle, de excelencia textil y de elegancia varonil. Y por supuesto, un atentado con atisbos de bancarrota a los bolsillos y chequeras desprovistos de profundidad.
Los sastres de ese reducto inglés del buen gusto tienen ojos de especialista en morfología. Copian el cuerpo del cliente en patrones que servirán para el corte meticuloso de las diferentes piezas que, unas cosidas a mano, se convertirán en el traje que cubrirá la anatomía del afortunado que puede darse el lujo. Lujo lo es, porque un "bespoke suit" puede costar hasta 200 mil pesos dominicanos dependiendo del tejido, y hay que esperar los dos o tres meses que toma la confección, amén de sufrir tres o cuatro pruebas, antes de lucirlo. No menos de 50 horas de trabajo artesanal en el que no hay margen para el error.
Oscar Wilde se vestía de Savile Row, aunque se ignora si se llevó a prisión sus bien cortados trajes. También Charles Dickens, el Shá de Irán y la realeza británica. Ni hablar de un sinnúmero de actores, desde Gary Cooper a Sean Connery y Frank Sinatra. Roger Moore, alejado de Gran Bretaña por razones impositivas, pidió a su sastre de Savile Row que lo visitara a su residencia ocasional en la Costa Azul francesa y le confeccionara los trajes que usaría como el nuevo James Bond en "For your eyes only". Trajes ajustados, pero que permitían al agente, con licencia para matar pero no para vestir mal, todas sus acrobacias, trampas mortales y lucha cuerpo a cuerpo sin perder la compostura sartorial.
Si el sastre importa, también el tejido. Nada como un paño ligero de lana de merino, proveniente de ovejas que llevaron los árabes a la Península y que hallaron el hábitat perfecto en la meseta castellana. Hasta entrado el siglo XVIII, sacar de España los copos de ese mamífero ungulado rumiante conllevaba la pena capital. Material suave al tacto, sorprendentemente ligero, provee una tela de primera calidad para que los sastres de Savile Row vistan a sus clientes con primor. Si es invierno, entonces otra lana, de cachemira, proveniente del pelo que puebla el vientre de unas cabras originales de la zona del mismo nombre, en la India, y que hoy se produce en abundancia en Mongolia. De brillo sutil, tan sedosa que permite a la mano deslizarse sin tropezar con asomos de asperezas, la lana de cachemira es el cobijo ideal por la tibieza que proporciona. Se utiliza para sobretodos de alta gama y un traje o una chaqueta de lana de cachemira, mejor aún si porta el sello de Holand and Sherry, garantiza una vestimenta elegante y de larga durabilidad.
Pero Savile Row, con toda su historia y elegancia, anda de capa caída. Sus clientes habituales no escapan de la crisis económica, particularmente los banqueros de la City, cuyos bonos anuales extravagantes los convertían en los más claros ejemplos del consumo conspicuo de que habla Thorstein Veblen en su "Teoría de la clase ociosa". A los sastres tradicionales, dueños de un arte transmitido de generación en generación, les han montado competencia en su propio patio. Y para defenderse, hablan de que la Unión Europea reconozca una denominación de origen, Savile Row Bespoke. En el país de los sindicatos, los maestros de la alta costura están agrupados en el Savile Row Bespoke Association que, según indican, busca "unir a los padres fundadores con los sastres del nuevo establecimiento para proteger y desarrollar un oficio practicado en este barrio de élite de Mayfair por más de dos siglos".
La competencia no respeta tradición. La industria textil que solventó la gran expansión colonial británica, --y de la cual se nutrió económicamente Carlos Marx y sus descendientes directos gracias a la generosidad de Federico Engels, heredero de molinos importantes en el Manchester de la revolución industrial--, ha cedido paso a tejidos de igual o mejor calidad provenientes de Italia, pero sobre todo de Australia, cuyas condiciones climáticas y extensión geográfica permiten la producción de una lana de óptima calidad. Los mercados son más flexibles que los tejidos.
Condición sine qua non de un traje a la medida de Savile Row es la confección británica. Las nuevas sastrerías no necesariamente observan esta regla. Hay una que, escondida tras un llamativo nombre italiano y con anuncios en los principales diarios, oferta trajes a la medida a precios muy inferiores a los que rigen en el Savile Row tradicional. Las prendas son cortadas y cosidas en un lugar ignorado y no tienen sello alguno de manufactura.
La otra competencia le viene a Savile Row del Oriente, curiosamente de una antigua colonia británica. Periódicamente, sastres establecidos en Hong Kong, casi todos indios, visitan Londres con un despliegue asombroso de publicidad previa. Se establecen en suites de los hoteles de postín y allí reciben a sus clientes con catálogos de las mejores telas, les toman las medidas y los fotografían desde todos los ángulos imaginables. Se precian de que antes del cliente salir del hotel, un sastre en Hong Kong está examinando las fotos y las medidas para la necesaria armonía entre figura y dimensiones que requiere una confección impecable.
Puede que la calidad no sea la misma de la histórica calle londinense, pero tampoco el precio. Aún así, las sastrerías del hoy territorio chino exhiben un listado impresionante de clientes, entre ellos nada menos que Bill Clinton. Savile Row ha encontrado un rival aunque no esté hecho a su medida.
Contadas sensaciones superan el placer que brota del tropiezo de la mano curiosa en sus exploraciones táctiles con una prenda de esa fibra proteínica tejida por unos insectos, y que protege por igual del frío como del calor, ambas temperaturas aplicables a las pasiones, con la misma fidelidad y presteza.