31 Octubre 2009

Saudades- BLANDENGUERíAS

Ligia Minaya /Escritora
La vida, con los años, me ha transformado en una mujer a quien le perturban las noticias malas, como aquellas en que se agrede verbalmente y se golpea a una mujer, o la del niño abandonado, o la muchachita violada, y no puedo impedir que los ojos se me hundan en lágrimas. Antes no era así, aunque siempre me perturbó el golpeo de los fuertes a los débiles, el abuso cometido contra un infeliz y la esclavitud de los indefensos, pero, cuando fui joven era una guerrera, con un corazón fuerte, y aunque también me gustaba y me sigue gustando la placidez de la vida y el tratar de que la felicidad no sea instante, ahora soy otra.

Con los años, me enternece aún más el cantar de las aves al despuntar el día, el gorjeo de un recién nacido, la viejecita que cruza la calle paso a paso, y sobre todo, me duele ahora más que nunca, que en pleno siglo XXI estemos todavía discutiéndole derechos a los homosexuales, a los haitianos por ser inmigrantes, a los ilegales que cruzan las fronteras y a un sin fin de gente que no tiene más que su propio cuerpo y su vida. Me desgarró el alma, la última vez que fui a Santo Domingo, ver hombres durmiendo en plena calle, en la Avenida Independencia. Seres humanos como perros realengos, sin más cobertura que cartones.


Hay tanta tristeza

en nuestro alrededor,

tanto dolor, que una

no sabe si ponerse

a llorar o voltear

la cara.



A los pobres los tendremos siempre entre nosotros. Lo sé. Pero no era así antes. Los había. Sin embargo, la pobreza no llegaba hasta el pozo oscuro de la miseria más horrenda. Aquí en USA los hay. Nadie lo niega. Hombres y mujeres presas de las drogas, del alcohol, de la frustración, de la falta de fe en sí mismos. Más ahora con la crisis. Pero los de aquí son diferentes. Si levantan la cabeza, encuentran un refugio mientras alcanzan un trabajo. Los de mi tierra no. No hay un techo para los olvidados de Dios, de los políticos y de la fortuna. Y a mí se me parte el corazón.

Blandenguerías, cosas de una mujer a quien la vejez cada vez hace más sensible, dirán algunos. Quizás sea eso, que con los años me he puesto más blandengue. De unos años a esta parte lloro por cualquier cosa, hasta cuando veo tristeza y abuso en las películas. Tanto que desde que sale alguien ensangrentado, alguno que dispara una pistola, un niño triste o una mujer esclavizada, cambio de canal. Hay tanta tristeza en nuestro alrededor, tanto dolor, que una no sabe si ponerse a llorar o voltear la cara. Lo mejor sería arrimar el hombro. Pero hay momentos y circunstancias en que alzar la voz es como clamar en un desierto. No hay que irse muy lejos, me cuentan que en Guatemala las mujeres todavía son poca cosa, cualquiera las utiliza, las violas, las sumerge en estado de inanición que da miedo. Otro tanto sucede en nuestro país con lo del aborto constitucionalizado y perseguido desde el momento mismo de la concepción, porque siempre habrán abortos, lo que llevará a las mujeres más pobres a hacérselo en el más terrible y asqueroso desamparo. Las ricas se los harán, como siempre, en las mejores clínicas y con los mejores médicos. Y amén y amén.

Denver, Colorado



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